Siempre polémico: ¿qué pensaba Domingo Sarmiento sobre Santiago del Estero?
El prócer recordado este viernes con el Día del Maestro dejó un enorme legado educativo, pero también cuestionables definiciones en su tiempo.

El polémico Domingo Faustino Sarmiento es analizado con una interesante mirada interdisciplinaria en el libro “Sarmiento. Interrogantes y respuestas sobre nuestra República”, una compilación de ensayos sobre el sanjuanino coordinada por María Cristina Seghesso de López (Dunken, Bs. As.2012), donde se encuentran definiciones polémicas del prócer, como por ejemplo lo que pensaba de provincias como Santiago del Estero.
Suele ser considerado de forma casi unívoca como el impulsor de la escuela pública argentina, el promotor de los guardapolvos blancos y el visionario que trajo maestras norteamericanas para alfabetizar a un país en formación, pero también por sus furibundas críticas. Claro que su mirada debe ser contextualizada en su tiempo, el Siglo XIX, ya que admiraba profundamente a EE.UU. y consideraba a Europa “estancada”, por lo que todo lo que no proviniera de esos centros culturales y científicos merecía su feroz crítica de “barbarie”.
A su desprecio por caudillos, gauchos e indios tal vez lo canalizó a través de su apuesta por la educación como herramienta realizadora del sujeto, para rescatarlo de la “barbarie”: tras su presidencia había 100.000 alumnos (70.000 más que al asumir). Luego, como director de escuelas de Bs. As. creó 70 establecimientos. Introdujo la arquitectura escolar con el modelo de EEUU, país al que admiraba aún más que a Francia. También impulsó la educación de la mujer.
Por otro lado, se señala que durante su refugio en Chile (perseguido por Juan Manuel de Rosas) arengó desde la prensa de ese país a tomar posesión y crear un sistema de transporte en el Estrecho de Magallanes, como ruta alternativa al Cabo de Hornos. Su prédica dio lugar al asentamiento militar y al deseo expansionista de los chilenos de ocupar la Patagonia, que él mismo debió enfrentar ya como presidente argentino.
También se menciona su deseo en “Argirópolis” de instalar en la isla Martín García la capital de una utópica confederacion con Uruguay y Paraguay: Estados Unidos del Río de La Plata. En esos tiempos ya se discutía el traslado de la capital a Rosario o Villa María (Córdoba).
En 1854 se inicia en la masonería en Valparaíso, Chile, y en Argentina recibiría el grado 33, el máximo de la logia. La ceremonia fue el 21 de julio de 1860, en el antiguo Teatro Colón, con la presencia de Santiago Derqui, Justo José de Urquiza y Bartolomé Mitre. En ese sentido, se recuerda que apenas asumió la presidencia fue agasajado en un banquete por los masones, en 1868, aunque debió renegar de su pertenencia formalmente para evitar ataques. Así protagonizó un conflicto con la Iglesia al sostener, como liberal, la laicidad del Estado.
En otro punto, se recuerda que también se discutía en el siglo XIX “las provincias inviables”. Sarmiento se preguntaba si “¿no valdría más pensar en agruparse provincias según su colocación y necesidades, y en vez de constituir quince nulidades incoherentes y casi imposibles, tan incapaces de bastarse a sí mismas, como impotentes para defender a la Nación, (no sería mejor) formar cinco o seis Estados relativamente fuertes, unidos por una administración de justicia común?” (pág. 97).
Fue impulsor del municipalismo como fuente de progreso, recatando a Bs. As. como la más “civilizada”, en contraste con el interior: “A otras ciudades -a su vez- las percibe inundadas por la barbarie como Santa Fe, Santiago del Estero, San Luis y La Rioja, ya que han recibido poco -según dice- de las ideas políticas francesas, de las filosofías de la Ilustración y del liberalismo económico en que se inspiró la revolución, se han beneficiado en forma limitada de la ciencia moderna y del comercio exterior, encerradas en las ideas tradicionales, sabían muy poco de la organización democrática constitucional de gobierno y conservaban las actitudes de la época colonial que ni habían podido resistir el empuje de las fuerzas pastoras de las campañas: las montoneras” (pág. 120).



