NO SE PUEDE, 10… NO SE PUEDE.
Se retira Messi. Se va el capitán, el hombre que convirtió las derrotas en perseverancia y terminó abrazando a un país entero. Argentina deberá aprender a mirar a la Selección sabiendo que ya no estará él. Pero algunos nos negamos a despedirlo. Porque mientras exista una mínima esperanza, seguiremos esperando aquellas dos palabras que alguna vez hicieron regresar a Michael Jordan: “I’m back”.

Por Gabriel Coronel Chalfón
No solo se retira el mejor de la historia. Se retira el hombre que cambió una manera de liderar. El que demostró que para ser capitán no siempre hace falta gritar, que también se conduce soportando, cayendo, levantándose y volviendo a intentarlo cuando millones esperan que lo hagas. Se retira el 10, se retira el capitán, y hay una tristeza difícil de explicar recorriendo la Argentina.
Porque despedir a Lionel Messi no es solamente despedir a un futbolista. Es cerrar una parte de nuestras propias vidas. Lo vimos crecer, perder, llorar, renunciar, volver y, finalmente, levantar todo. Pero antes hubo que soportar años de crueldad. Te agraviaron a vos y a tu familia. Te dijeron pecho frío. Dijeron que no sentías la camiseta, que eras demasiado español, que no tenías carácter, que nunca ibas a ser aquel otro 10. Y vos seguías. Siempre seguías.
Mientras algunos te destruían desde una pantalla, muchos te defendíamos donde realmente se discute el fútbol argentino: en una mesa familiar, en un asado, entre amigos, en el café. Discutimos por vos, nos enojamos por vos y explicamos mil veces que no necesitabas gritar para sentir una camiseta. Y esperábamos, porque en algún rincón de nosotros existía la certeza de que el fútbol algún día iba a devolverte todo.
Hasta que llegó Brasil y aquella Copa América cambió la historia. Algo se rompió aquella noche. Se cayó definitivamente esa pared absurda que durante años habían construido entre Messi y la Argentina. Pero vos querías más.
Y llegó Qatar. Llegó la tercera estrella y ocurrió algo que probablemente no volvamos a ver durante generaciones: un país entero salió a la calle. Millones de argentinos se abrazaron sin preguntarse quién era el otro. No importaba la política, las diferencias ni la provincia. No importaba nada. Por unas horas dejamos de ser un país dividido. Éramos simplemente argentinos.
Y arriba de aquel colectivo estaba el pibe de Rosario al que durante años le habían reprochado no querer suficientemente a su país. El mismo pibe levantaba la Copa del Mundo mientras abajo había millones llorando. Qué revancha, Leo.
Pero tampoco te alcanzó. Fuiste por más. Otra Copa América, más partidos, más batallas. Hasta que llegó una imagen que para muchos tuvo el valor emocional de otra estrella: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.

Cuatro palabras. Nada más y, al mismo tiempo, todo. Una bandera capaz de tocar una herida que atraviesa generaciones. Emoción, memoria, lágrimas, orgullo, patria. Amor, Leo.
Qué paradoja extraordinaria. Al hombre al que alguna vez acusaron de no sentir a la Argentina le alcanzó finalmente levantar una bandera para hacer llorar a los argentinos.
Pero detrás del 10 siempre estuvo Lionel. El hijo, el padre, el esposo. El tipo de carne y hueso al que también le pasan las cosas que nos pasan a todos. Y entonces aparece otra pregunta: ¿cómo hiciste para salir a una cancha sabiendo que tu viejo estaba enfermo? ¿Cómo hiciste para correr teniendo a tu mamá lejos? ¿Cómo hiciste para soportar durante tantos años las expectativas de un país entero sobre tus hombros?
Tal vez la respuesta explique mejor tu grandeza que cualquiera de tus goles: seguiste adelante. Eso hiciste toda tu vida. Seguiste cuando perdiste, cuando te insultaron, cuando dudaron de vos, cuando lloraste, cuando dijiste basta y cuando regresaste.
Por eso quizás tu legado más grande ni siquiera esté dentro de una cancha. Nos enseñaste algo mucho más difícil que patear una pelota: que perder no significa estar derrotado; que se puede llorar y volver, caer y volver; que pueden decirte que jamás lo vas a conseguir y, aun así, volver. Que algunas veces la vida tarda años en hacer justicia, pero hay que estar ahí cuando finalmente llegue.
Y ahora somos nosotros los que no sabemos cómo seguir.
Porque algún día volverá a jugar la Selección Argentina. Sonará el himno, las cámaras recorrerán las caras de los jugadores, la pelota quedará en el círculo central y nuestros ojos, por costumbre, van a buscar una camiseta: la 10. Vamos a esperar verlo acomodándose la cinta. Vamos a buscar esa barba, esa mirada, ese pequeño gesto antes de empezar a caminar con la pelota pegada al pie.
Pero esta vez no vas a estar.
Y quizás recién entonces entendamos verdaderamente que terminó. ¿Cómo hacemos, Leo? ¿Cómo se mira a la Selección sabiendo que Messi ya no está? ¿Cómo explicamos ese vacío? ¿Cómo aceptamos que aquello que durante tantos años parecía eterno también tenía un último día?
No se puede, 10. No se puede.

Hace muchos años otro hombre cambió para siempre su deporte. Llevaba el 23. Se llama Michael Jordan. Un día se fue y el básquet quedó triste y esperando. Hasta que largos meses después llegó un comunicado de apenas dos palabras: “I’m back”. Estoy de vuelta. Y el mundo volvió a sonreír.
Por eso hoy no quiero decirte adiós. Me niego. Quizás sea irracional, quizás sea infantil, quizás dentro de algunos años todavía siga esperando algo que nunca ocurrirá. No importa. Voy a esperar.
Porque vos nos enseñaste justamente eso: a esperar cuando parecía terminado, a creer cuando todos decían que era imposible, a intentarlo una vez más. Voy a esperar toda la vida si hace falta. Esperaré que un día suene un teléfono, que aparezca una noticia, que alguien diga que el capitán quiere volver. Esperaré volver a ver esa camiseta con el 10 entrando a una cancha, aunque sea una vez, aunque sean cinco minutos, aunque solamente sea para poder despedirte como corresponde.
Porque hay algo que todavía no entendiste, Leo: nosotros no estábamos preparados para esto.
Nos preparaste para ganar, nos enseñaste a levantarnos y nos acostumbraste a creer hasta el último segundo. Pero nunca nos enseñaste cómo seguir cuando vos ya no estuvieras. Y ahora nos dejás solos frente a esa pregunta: ¿cómo hacemos para explicarle al corazón que el próximo partido empieza y que el 10 no va a salir del túnel? ¿Cómo hacemos para no buscarte cuando suene el himno? ¿Cómo hacemos para aceptar que un día nuestros hijos preguntarán cómo jugaba Messi y nosotros tendremos que empezar diciendo: “Tenías que haberlo visto…”?
Ahí estará la verdadera tristeza. Porque ese día comprenderemos que ya no estamos hablando solamente de fútbol. Estaremos hablando de nuestra juventud, de nuestros viejos, de nuestros hijos, de mi mujer llorando por el teléfono al finalizar el partido, de aquellos amigos con los que gritamos tus goles, de personas que quizás ya no estén, de tardes y noches que jamás regresarán. Estaremos hablando de nuestra propia vida.
Porque mientras vos jugabas, Leo, también pasaba nuestra vida.
Y quizás por eso duele tanto que te vayas. Porque cuando se retira un ídolo, también se retira un pedazo del tiempo que vivimos junto a él.
Por eso no voy a escribir adiós. No puedo. No quiero. Dejame solamente una última esperanza. La misma que alguna vez tuvo el mundo cuando se marchó aquel 23: que algún día, cuando nadie lo espere, aparezcan dos palabras. Nada más.
I’m back.
Y que entonces alguien grite desde algún rincón de la Argentina: “Volvió el 10”.
Ese día lloraremos otra vez. Pero esta vez será de felicidad.
Hasta entonces, capitán, permitinos esta locura.
Dejanos esperarte.



