Cultura

“Nunca como ahora, nuestra privacidad y decisiones fueron tan fácilmente apropiadas”

Ricardo Forster abrió la 35a edición en Cosquín con una reflexión profunda sobre la utopía, la memoria y la cultura como último refugio frente a un presente que devora futuro.

El Congreso Federal de Cultura en Cosquín comenzó su 35a edición con una sala colmada y un clima que mezclaba expectativa, comunidad y una convicción: este ciclo se ha vuelto uno de los espacios más significativos para pensar la cultura popular en la Argentina contemporánea.

Las autoridades municipales —el intendente Raúl Cardinali, el secretario de Cultura Jorge González y representantes del Concejo Deliberante— dieron la bienvenida al público y al invitado central, Ricardo Foster, con palabras que marcaron el tono del encuentro.

Con ese clima de bienvenida, el filósofo Ricardo Forster tomó la palabra. Confesó que, por los nervios, había preferido preparar algunas líneas, y retomó el lema del congreso: “Desafíos contemporáneos de la cultura popular en el marco de las crisis democráticas y culturales de la región”. Pero enseguida aclaró que crisis, para la filosofía, no es sinónimo de catástrofe: es un punto de inflexión, un momento para pensar. Entonces lanzó la pregunta que ordenaría toda su exposición: ¿qué le pasó a la palabra utopía? Una palabra extraordinaria, dijo, que marcó generaciones y que hoy aparece degradada, vaciada, casi olvidada. Para entender la crisis de la cultura —y la crisis civilizatoria— había que volver a ella. Porque discutir la cultura es discutir la utopía: la capacidad de imaginar un mundo distinto.

A partir de ahí, la charla se volvió un recorrido intenso por las mutaciones del presente: la captura de la intimidad por parte de las corporaciones digitales, la erosión de la memoria, la instalación de un presente continuo que devora pasado y futuro. “Nunca como ahora —advirtió— nuestra privacidad y nuestras decisiones fueron tan fácilmente apropiadas. Ya no vendemos nuestra fuerza de trabajo: entregamos nuestra intimidad”.

El público escuchaba en silencio. Mientras afuera empezaba pegar sol después de la lluvia, pero adentro la temperatura era otra: la de una reflexión que incomoda.

Forster habló del algoritmo como nueva pedagogía del deseo, de ese “bichito” que anticipa lo que queremos antes de que lo queramos. De cómo esa anticipación tecnológica desnutre la potencia creativa. “El antagonista de la utopía es la distopía —dijo— y la distopía es la destrucción del futuro”.

La cultura volvió a ocupar el centro

La palabra narcisismo apareció como diagnóstico de época: individuos que se creen centros del universo, que confunden opinión con verdad revelada, que consultan compulsivamente a la inteligencia artificial para saber qué pensar. Ese narcisismo, explicó, no es vanidad: es desocialización. Es la ruptura de los vínculos. Es la imposibilidad de construir lo común.

Y ahí la cultura volvió a ocupar el centro. “Nadie recuerda quién era el empresario más rico de 1870 —dijo— pero sí recordamos a los poetas, a los artistas, a quienes hicieron mejor la vida”.

La palabra subsidio, tan manoseada, hay que transformarla. Hay que colocarla dentro de la lógica de los derechos, dentro de un proyecto de igualdad.

Racismo, Misoginia y esa lógica del resentimiento que dirige el odio siempre hacia los más débiles. “Nadie es ilegal por intentar sobrevivir”, afirmó Forster, y subrayó que la cultura sigue siendo uno de los pocos espacios donde todavía podemos reconocernos iguales, sentirnos cófrades, comunidad.

También habló de la palabra subsidio, tan manoseada. “Hay que transformarla —propuso—. Hay que colocarla dentro de la lógica de los derechos, dentro de un proyecto de igualdad”. No como dádiva, sino como garantía de que la cultura —esa que nos salva cuando todo se derrumba— pueda existir.

El orador trazó un puente entre épocas: la aceleración del tiempo, la sensación de que lo nuevo envejece en horas, la anacronía de Black Mirror frente a un presente que la supera. Recordó que otras generaciones también vivieron mutaciones brutales, pero señaló que hoy la velocidad tiene otra textura: la de un presente continuo que devora pasado y futuro.

Y entonces, casi al final, apareció una frase que muchos reconocieron como síntoma de época: “Yo no le debo nada a nadie”. Una frase que, dijo, se volvió lógica política, identidad, sentido común. Una frase que destruye lo común, que borra la historia, que niega la trama que nos sostiene.

La charla cerró con una idea luminosa: el futuro no es una tierra incógnita ni un mañana inalcanzable. El futuro habita el presente. La cultura —esa práctica de manos, lenguajes, gestos, memorias, cuerpos— es el lugar donde todavía podemos conjugarlo.

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