De Queen a “El Principito”: los libros, discos y “objetos subversivos” que prohibió la dictadura
Libros, canciones y películas bajo sospecha en una época donde pensar distinto podía costar la libertad.

Durante la última dictadura cívico-militar en Argentina (1976-1983), la censura se extendió más allá de la persecución política para controlar la vida cotidiana a través de la cultura.
Libros infantiles, música, cine y hasta juguetes fueron objeto de prohibiciones bajo el argumento de combatir el “veneno ideológico” y resguardar los valores de la moral cristiana.
La nota, publicada por el diario digital Perfil, reconstruye cómo este sistema de control afectó múltiples ámbitos. Casos emblemáticos como la prohibición de Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann o las restricciones sobre El Principito evidencian el temor del régimen a cualquier contenido que fomentara la imaginación o el pensamiento crítico.
En el ámbito musical, organismos como el COMFER elaboraron listas negras que incluyeron a artistas como Serú Girán, Queen y John Lennon, mientras que en el cine se prohibieron cientos de películas bajo criterios morales y políticos. Paralelamente, en escuelas y bibliotecas se practicó el ocultamiento o destrucción de material considerado peligroso, en un clima de temor generalizado.

La represión cultural también incluyó la quema masiva de libros y la vigilancia de contenidos educativos, con manuales que incentivaban la denuncia de ideas asociadas a lo social o colectivo. Sin embargo, pese al control estatal, surgieron formas de resistencia clandestina que permitieron preservar parte del patrimonio cultural hasta el retorno de la democracia.
En 1979, la circular 24-S detalló una nómina de temas que no debían difundirse por radio ni televisión. Entre ellos figuraban “Cara de tramposo, ojos de atorrante” de Cacho Castaña y “Loco por tu culpa” de Palito Ortega. La restricción alcanzaba también a figuras internacionales como Joan Baez, Camilo Sesto y John Lennon. El objetivo era limpiar el espectro radioeléctrico de cualquier mensaje que se apartara del orden familiar y la jerarquía militar.
El testimonio de exbibliotecarios de la época coincide en la práctica del “descarte”. Ante el miedo a las requisas, muchas instituciones educativas optaron por destruir o esconder catálogos enteros.
“Tuvimos que enterrar los libros de sociología y psicología en el jardín de una casa en City Bell porque sabíamos que tener a Freud o a Marx era una condena a muerte”, relata una docente que sobrevivió a las intervenciones en la Universidad Nacional de La Plata.



