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Corti, otra denuncia y el fantasma de una tragedia anunciada

El nombre de Sebastián Corti vuelve a resonar en los tribunales, y con él, el peso de una nueva denuncia que no es solo un expediente más: es el relato de miedo, de golpes, de amenazas que dejan marcas visibles e invisibles. Detrás de cada presentación judicial hay personas que cargan con angustia, insomnio y una sensación persistente de vulnerabilidad.

Se habla de agresiones, de presuntas extorsiones, de un contexto atravesado por consumo de drogas que habría potenciado conductas violentas. Un cóctel explosivo que, según quienes conocen la dinámica de estos casos, suele escalar cuando no encuentra un freno a tiempo. La preocupación ya no es solo jurídica; es humana.

En los pasillos de tribunales se murmura que nunca debió recuperar la libertad. Que las señales estaban. Que los antecedentes y denuncias previas eran advertencias suficientes. Hoy esas voces suenan más fuertes, mezcladas con la frustración y el temor de que la historia pueda repetirse.

Mientras tanto, la policía lo tiene cercado. Los investigadores sostienen que no estaría solo: que habría recibido ayuda económica y apoyo logístico, incluso en intentos por instalar la versión de que no se encontraba en el país. También se analiza su actividad en redes sociales, donde, pese a procurar impunidad, se mostraría activo desde cuentas falsas. Los equipos de ciberdelito siguen cada rastro digital.

Pero más allá de la persecución judicial, lo que más inquieta es el daño emocional. Las víctimas de violencia no solo enfrentan lesiones físicas: cargan con miedo, culpa inducida, ansiedad constante. Reconstruirse lleva tiempo, contención y una red que las sostenga.

La causa sigue su curso. La justicia deberá determinar responsabilidades. Pero mientras tanto, queda una sensación latente: que cada demora, cada omisión, puede tener consecuencias que van mucho más allá de un expediente.

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