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“Nos salen dólares por las orejas”: Milei y una Argentina que no se ve desde Nueva York

El Presidente aseguró que a los argentinos “los dólares nos salen por las orejas”. Una frase pronunciada desde Nueva York que contrasta brutalmente con otra fotografía del país: millones de niños bajo la línea de pobreza, familias endeudadas y una realidad productiva y laboral que difícilmente pueda describirse como de abundancia.

Javier Milei volvió a elegir una frase destinada al impacto. Después de participar este miércoles 23 de septiembre de la Asamblea General de las Naciones Unidas, sostuvo que la Argentina atraviesa una situación de “superabundancia de dólares” y afirmó que “los dólares nos salen por las orejas”.

La explicación presidencial estuvo vinculada fundamentalmente con la generación de divisas, la balanza comercial y el sector energético. Milei sostuvo que el país pasó de un déficit energético de aproximadamente 5.000 millones de dólares a un superávit superior a los 10.000 millones y proyectó un saldo comercial cercano a los 25.000 millones de dólares para 2026. Es decir: cuando el Presidente habla de dólares, está describiendo variables macroeconómicas determinadas.

El problema comienza cuando esa fotografía macroeconómica se proyecta sobre la Argentina real como si ambas cosas fueran equivalentes. No lo son.

Una balanza comercial superavitaria no significa que una familia tenga dólares. Un sector energético que genera divisas no significa que un trabajador tenga asegurado su empleo. Que ingresen dólares por exportaciones tampoco significa que esos dólares estén en el bolsillo de los argentinos. Confundir esos planos puede construir una imagen de abundancia que millones de ciudadanos sencillamente no reconocen en su vida cotidiana.

Porque detrás de los grandes números existe otra Argentina. Es la de las fábricas que intentan sostener su producción, la del trabajador que perdió su empleo, la de las pequeñas y medianas empresas que enfrentan dificultades y la de los pueblos y ciudades de las provincias donde la caída de una actividad productiva puede repercutir sobre centenares de familias.

Y existe un dato todavía más difícil de conciliar con cualquier imagen de abundancia: la situación de la infancia argentina.

UNICEF informó en junio que el 42,3% de los niños, niñas y adolescentes vive en hogares pobres. Son aproximadamente 5,1 millones de chicos que habitan hogares cuyos ingresos no alcanzan para cubrir una canasta básica de bienes y servicios. Otros 1,1 millones viven en hogares indigentes. Y las estimaciones del organismo para el primer semestre de 2026 proyectaron la pobreza infantil alrededor del 44,4%.

Pero hay otro dato todavía más revelador. Según UNICEF, siete de cada diez hogares con niños, niñas y adolescentes declararon haber recurrido durante 2025 a alguna forma de ayuda, endeudamiento o venta de pertenencias. Además, el 42,8% de los chicos presenta al menos una privación no monetaria relacionada con vivienda, saneamiento, agua, hábitat, educación o protección social.

Ahí es donde la frase “los dólares nos salen por las orejas” adquiere una dimensión política mucho mayor que una simple ocurrencia presidencial.

Porque una cosa es que a la Argentina le ingresen dólares y otra muy distinta es afirmar una abundancia que pueda identificarse con la realidad de los argentinos. Entre ambas afirmaciones existe una distancia enorme, y esa distancia tiene rostros: el trabajador que busca empleo, el comerciante que vende menos, la familia que se endeuda para sostener gastos cotidianos y el chico cuyo hogar permanece debajo de la línea de pobreza.

Desde los pueblos y ciudades de las provincias esa distancia puede sentirse todavía con mayor crudeza. La Argentina no termina donde concluyen las planillas macroeconómicas ni puede analizarse exclusivamente desde Buenos Aires, Nueva York o los mercados financieros. También existe en Santiago del Estero, Chaco, Formosa, Tucumán, Catamarca, Jujuy, Córdoba, Santa Fe, Mendoza, la Patagonia y cada comunidad donde las estadísticas nacionales finalmente se convierten en personas concretas.

El debate tampoco consiste en negar que un gobierno pueda exhibir resultados económicos que considere exitosos. El cuestionamiento es mucho más elemental: ¿puede hablarse de “superabundancia” frente a una sociedad en la que 5,1 millones de chicos continúan viviendo en hogares pobres?

Ahí está la contradicción que ninguna construcción discursiva puede borrar.

El Presidente puede hablar de reservas, exportaciones, energía, inversiones, equilibrio fiscal o balanza comercial. Puede defender su programa económico y explicar hacia dónde pretende conducir al país. Pero existe una frontera que ningún indicador macroeconómico debería atravesar: confundir las cuentas de la Argentina con la vida de los argentinos.

Porque los dólares pueden aparecer en una balanza comercial y no aparecer jamás en la mesa de una familia.
Pueden engrosar las exportaciones y no impedir el cierre de una fábrica.
Pueden alimentar las estadísticas y no alcanzar al trabajador que perdió su empleo.
Y pueden, incluso, “salirnos por las orejas” en un discurso pronunciado en Nueva York mientras millones de niños argentinos continúan creciendo debajo de la línea de pobreza.
Ese contraste no necesita exageraciones. Es suficientemente brutal por sí mismo.

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