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Kakuy: la víctima que el monte hizo invisible

"Desde chicas, en las sobremesas, en los fogones y en las aulas de nuestra tierra, la leyenda del Kakuy nos fue transmitida como una advertencia ejemplificadora sobre la hermana mala, ingrata y caprichosa que recibe su merecido castigo por no atender al hermano abnegado".

Por Macarena Barrionuevo

Siempre me hizo ruido la moraleja con la que crecimos. Desde chicas, en las sobremesas, en los fogones y en las aulas de nuestra tierra, la leyenda del Kakuy nos fue transmitida como una advertencia ejemplificadora sobre la hermana mala, ingrata y caprichosa que recibe su merecido castigo por no atender al hermano abnegado.

Durante años, esa historia me dio vueltas en la cabeza. Había algo profundamente perturbador en la naturalidad con la que aceptábamos el desenlace de una mujer abandonada en la copa de un árbol talado, condenada a una agonía lenta bajo el sol y la sed, mientras el relato folclórico justificaba la crueldad en nombre del orden que ella había osado quebrar.

Nos enseñaron a repetir esa fábula para fijar un mandato silencioso, advirtiendo que a la mujer que no sirve, a la que no agacha la cabeza ni acata la voluntad del varón que provee, le espera el destierro, el desprecio social y la muerte. Nos enseñaron a temerle al castigo para mantenernos calladas.

Pero cuando se despoja al mito de su ropaje fantástico, lo que emerge no es una lección moral, sino la crónica encubierta de un femicidio. La tradición oral no hizo más que consagrar la coartada del agresor.

Si nos atrevemos a mirar la historia desde el revés de la trama, el horror adquiere su verdadero nombre.

El pueblo siempre habló de la paciencia de él. Traía perdices, charqui fino y vainas doradas de algarroba, mientras ella se consumía en silencio dentro del rancho de barro. Para los ojos ajenos, la muchacha era arisca, de mirada esquiva y modales hoscos; nadie se detenía a mirar los moretones que cubrían las mangas largas ni el temblor que le recorría las manos cada vez que el hombre cruzaba el umbral al atardecer.

El servicio no alcanzaba nunca. Cada plato servido a desgano y cada gota de agua derramada eran, en realidad, los únicos límites que ella podía levantar contra el asedio cotidiano. Si él pedía el cántaro fresco tras la cacería, ella lo volcaba en la tierra seca. No era desprecio gratuito: era la rabia muda de quien se niega a acariciar la mano que la somete.

La tarde en que él prometió miel silvestre, el aire del monte pesaba como plomo. La condujo monte adentro, lejos de cualquier senda transitada, hasta el quebracho más alto. Le ordenó subir primero para alcanzar el panal.

Cuando ella alcanzó la copa, el sonido del hacha no sonó a trabajo, sino a condena.

Golpe tras golpe, las ramas cayeron. Cuando miró hacia abajo, él ya no tenía el rostro del hermano protector que aplaudían en las trincheras del pueblo; tenía la calma impasible de quien sabe que nadie vendrá a buscarla.

La dejó allí, suspendida entre el cielo hostil y la nada, esperando que el hambre y el sol hicieran el trabajo sucio para luego volver al pueblo y llorar la desaparición de su hermana ingrata.

La metamorfosis no respondió a castigo divino alguno por soberbia, sino al endurecimiento de su propio horror. Los pies se fundieron con la madera en forma de garras filosas y los brazos se abrieron en alas torpes y sombrías.

De su garganta estalló un aullido que quebró la noche, el reclamo visceral de quien exige justicia mientras la dejan morir. Pero el pueblo prefirió domesticar el espanto, reduciendo ese grito de condena a la mansa súplica de un perdón jamás pedido.

Y, en el colmo de su calvario, el monte le impuso una última condena al fundir su cuerpo con la corteza hasta volverse invisible.

Porque así como nadie quiso ver los golpes y el asedio en la soledad del rancho, su figura debía disolverse en el tronco, mimetizada con el mismo leño que la apresó; un recordatorio mudo de que la mayor violencia contra las abusadas nunca fue solo el golpe, sino la decisión de volverlas invisibles a los ojos del mundo.

Nombrar las cosas por su nombre es un deber de época.

Lo que la leyenda consagró como castigo a la rebeldía femenina fue, lisa y llanamente, un femicidio legitimado por el silencio colectivo.

Hoy el grito del Kakuy ya no puede ser escuchado como una súplica de perdón, porque es la denuncia viva de todas las que el monte, la historia y la complacencia social intentaron hacer invisibles.

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