VIOLENCIA, ARMAS Y ALCOHOL EN UN PREDIO SIN HABILITACIÓN
NIÑOS QUEDARON EN MEDIO DEL CAOS Y LA POLICÍA EVITÓ UNA TRAGEDIA

Lo que debía ser una jornada deportiva terminó convertido en una situación de extrema tensión. Un encuentro de fútbol disputado por equipos vinculados a barras de Central Córdoba y Mitre, ante una concurrencia estimada en cerca de mil personas y con un premio que rondaría los dos millones de pesos, derivó en graves incidentes que obligaron a una rápida intervención de la Policía de la Provincia.
El episodio ocurrió en el complejo El Buen Pastor, donde, según la información recabada, se desarrollaba el multitudinario encuentro sin contar con las habilitaciones correspondientes para un evento de semejante magnitud.
La situación se habría tornado cada vez más peligrosa con el ingreso constante de cientos de personas. De acuerdo con testimonios recogidos en el lugar, no habría existido un control de acceso adecuado, mientras se denunciaba la presencia de armas de fabricación casera, gomeras y sustancias presuntamente estupefacientes. Además, se expendían bebidas alcohólicas dentro del establecimiento.
En ese contexto comenzaron los incidentes, disparos, gases lacrimógenos y la violencia amenazó con desbordarse aún más.
La intervención del comisario Facundo Tejeda, jefe de la Seccional Tercera, resultó determinante. Ante la dimensión que estaba tomando la situación y la cantidad de personas concentradas, solicitó inmediatamente el apoyo de Infantería, desplegándose un importante operativo policial que permitió contener los enfrentamientos y evitar consecuencias que podrían haber sido mucho más graves.
Pero existe un dato que transforma lo sucedido en algo todavía más preocupante: había niños en el lugar.
Mientras se desarrollaba el encuentro y cientos de personas continuaban ingresando, en el mismo complejo una familia había alquilado un quincho y una cancha para celebrar un cumpleaños infantil, sin que se les informara de ese encuentro de futbol de barras. Padres y niños quedaron inesperadamente atrapados en medio de un escenario de violencia para el que jamás habían sido advertidos.
Lo que debía ser una fiesta terminó entre corridas, miedo y llanto de los chicos, mientras los adultos buscaban lugares donde resguardar su integridad ante una situación que se había vuelto imprevisible.
Según relataron los presentes, incluso la comercialización de bebidas alcohólicas se realizaba en el mismo sector del quincho y delante de menores, mientras simultáneamente se desarrollaba a pocos metros un encuentro que convocaba a centenares de personas.
La conducta de los responsables del establecimiento también quedó bajo cuestionamiento. Según los padres, el propietario no se habría presentado personalmente ante los reclamos formulados durante los incidentes, y la respuesta habría quedado reducida al ofrecimiento de devolver el dinero abonado por el alquiler.
La devolución del importe, sin embargo, difícilmente pueda agotar una cuestión mucho más seria: ¿quién garantizaba la seguridad de los niños y de las familias a las que se les alquiló el lugar mientras simultáneamente se permitía semejante concentración de personas?
La imagen posterior resulta contundente: el complejo terminó clausurado por la Policía de Santiago del Estero, tal como puede observarse en una de las fotografías obtenidas en el lugar.
Lo sucedido excede largamente una pelea entre hinchas. Si se confirma que un establecimiento permitió un evento multitudinario sin las habilitaciones exigibles, expendió alcohol, careció de controles suficientes y, al mismo tiempo, alquiló instalaciones para un cumpleaños infantil, deberán establecerse las responsabilidades que correspondan.
Porque esta vez el despliegue policial permitió controlar la situación. Pero la seguridad de cientos de personas —y mucho menos la de niños— no puede depender de que la Policía llegue a tiempo.
La Policía llegó, intervino y evitó que la violencia escalara. Pero la actuación policial posterior no borra las decisiones que permitieron que esa situación se generara.
Ahora corresponde determinar por qué el dueño de El Buen Pastor permitió que un evento de semejantes características conviviera con una fiesta infantil y qué responsabilidad administrativa, civil o eventualmente penal podría derivarse de haber expuesto a niños y familias a un riesgo que, por sus características, era perfectamente previsible.
Porque esta vez, gracias al
accionar policial, no hubo que lamentar una tragedia.
La próxima vez, ofrecer devolver el dinero no alcanzará.



