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El hombre que mandó a construir la estatua de San La Muerte dijo que fue para agradecer que salvara a un sobrino

El propietario del predio llamado “Campito de la Sanación” sostuvo que la obra en La Bajada la encargó por gratitud a esa figura pagana.

Daniel Quintero, el dueño del “Campito de la Sanación”, afirmó que mandó a construir una estatua gigante de “San La Muerte” en la localidad de La Bajada en agradecimiento por haber “salvado a su sobrino”, aunque aclaró que en ese lugar hay diferentes figuras que generan devoción popular.

 

Tras el revuelo causado a partir de la difusión de la inquietante obra, Quintero defendió su iniciativa, que comprende un santuario a la vera de la Ruta 1.

 

Sostuvo que desde hace 35 años es devoto del Gauchito Gil y San La Muerte. Sobre este último dijo que la obra fue para cumplir una promesa vinculada a una grave enfermedad que atravesó uno de sus sobrinos, que, según sostiene, se salvó milagrosamente. Por ello, le encargó la figura de unos 15 metros al artista Miguel Ángel Nazar.

 

También aclaró que en su terreno coexisten figuras de fe popular y religiosa como la Virgen del Valle, San Expedito, San Jorge, la Difunta Correa y Mama Antula, para asegurar que también comparte su fe en el catolicismo con otras creencias no aceptadas por la Iglesia.

 

Quintero también procuró reivindicar a San La Muerte al sostener que no es una deidad maligna, sino que –según su creencia- intercede ante Jesús y Dios, de lo que aseguró que habría testimonios de sanación.

 

Roberto Jaimes, el secretario de Religión y Culto de la municipalidad de La Banda inspeccionó el santuario y sostuvo que no se encuentra dentro del predio de la ciudad, por lo que corresponderá a la provincia determinar si habría infringido alguna norma.

 

“San La Muerte” es un culto guaraní que data del siglo XVIII, cuando –según la leyenda- un monje franciscano o jesuita dedicado a curar y proteger a los indígenas en tierras guaraníes fue encarcelado por las autoridades coloniales bajo la acusación de “brujería”.

 

Fue encerrado en una celda a morir de hambre y, según los relatos orales, luego de un tiempo hallaron su cuerpo esqueletizado que señalaba con un dedo a sus captores, que luego morirían de forma misteriosa. Aunque surgido en la zona rural, su culto se ha extendido a las grandes ciudades argentinas y a las creencias “tumberas” de las cárceles.

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