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René Houseman, el villero virtuoso

Crack sin par, campeón mundial en 1978 e ídolo eterno de Huracán. Había nacido en La Banda. Una pequeña evocación de su alegría los estadios con su talento y frescura.

Por Hugo Hosch

In memoriam René Orlando Houseman (1953-2018)

“Para el rebelde, más que
para el resto del género
humano, es absolutamente
necesario conocer el amor;
darlo, aún más que recibirlo
y serlo, aún más que darlo”

Henry Miller (1891-1980); de ‘El tiempo de los asesinos’ (1952)

René Houseman era un crack imposible. El genio que, en lugar de habitar en tentadoras lámparas de metales preciosos, eligió vivir para siempre en las viejas latas de su barrio pobre. Si Henry Miller era un patriota del distrito 14° de Brookyn, Houseman lo fue de la villa del Bajo Belgrano, arrasada antes del Mundial ’78 por el brigadier Cacciatore, el intendente de facto alguna vez elogiado por Macri en sus comienzos como Jefe de Gobierno.

Sus topadoras le evitaron al turismo el desagradable paisaje de la pobreza.

Tenía 18 cuando volvió loco a todos los laterales de la Primera C y llevó a Defensores de Belgrano ‒el rival de su amado Excursionistas‒, a la división superior. Enseguida le llegó una citación del Huracán modelo ‘73 entrenado por Menotti. Querían probarlo.

“Esperaban un tipo lleno de músculos y aparecí yo, una laucha que pesaba 40 kilos mojado, al que llamaban el Hueso. Pero agarré la pelota y los saqué a pasear a todos”. Sus futuros compañeros pensaron que podían revolearlo al primer cruce. Error. No se la podían sacar.

Por alguna razón, esos wines derechos de época eran 7, diestros y locos, mientras los 11 zurdos eran poetas, como el Chueco García.

Houseman, wing y loco, repetiría las trágicas parábolas de Corbatta y Garrincha: genialidad-decadencia-olvido.
Poner el acento en el gol que, borracho, le hizo al River de Fillol luego de festejar el cumpleaños de su hijo hasta las 11 de la mañana, me parece algo miserable. Es hacerle un guiño al asesino.

El alcohol fue el gran culpable de haberlo desalojado del lugar que merecía: el podio de los mejores del mundo.
No lo ayudaron. Siempre dicen eso cuando es demasiado tarde. Aun aceptando que su caos personal era constitutivo, que solo de esa manera lograba su crecimiento y autodestrucción, del cielo al infierno todo el tiempo, la vida fue demasiado cruel con él.

Muy pronto le llenó el rostro de arrugas profundas y melancolía infinita. El cuerpo le cobró todas las viejas deudas, una por una. No le dio tregua.

René era guapo. Volaba sin red, provocaba a los leones sin látigo, duelaba con caballeros de hierro sin armadura. Medias bajas y pantalón cortito: ese par de piernas flacas, desnudas, indefensas, lo creaban todo.

Corría con las rodillas juntas, algo encorvado, picando y frenando solo para volver a acelerar. Enganchaba hacia adentro, hacia afuera, desbordaba, o repetía el truco para encarar en diagonal. Era absolutamente impredecible.

René con su gran amiga, la pelota, cuando posó para la cámara de la revista La Garganta Poderosa, donde reivindicó sus raíces villeras.

Un solista virtuoso.

En Huracán convirtió 109 goles en 277 partidos. Verlo tocar con Brindisi y Babington era lo más parecido a la felicidad. Ese equipo nació en la fugaz primavera camporista, y por eso la hinchada bramaba: “¡Lo dice el Tío / lo dice Perón / hacete del Globo / que sale campeón!”. Lo fueron, nomás; con baile.

Su Mundial fue el de 1974, en Alemania; en un equipo dirigido por tres técnicos peleados entre sí, arrollado por la mejor Holanda de la historia. Hizo tres goles, uno a Italia, y el mundo se fijó en él. Hubo ofertas y, dicen, Huracán no lo quiso vender.

Igual, René no imaginaba una vida lejos de sus amigos, de la canchita villera de Pampa y Ramsay donde iba a jugar los sábados a la mañana, huyendo de la concentración de Huracán o de la Selección, lo mismo le daba.

Orgulloso de su origen cuando el peor insulto entre pobres era “villero”, se adelantó dos décadas al fenómeno de la cumbia ‒primera manifestación cultural de clase desde la aparición del tango prostubulario a principios del siglo XX‒, nacida en los años ’90, cuando la movilidad social fue sólo hacia abajo y las villas fueron más miseria, todavía.

Llegó al Mundial de 1978 con lo justo. No brilló, pero entró y metió el quinto contra Perú, el partido del 6 a 0, la sospecha, los aprietes y la bomba en la casa de Juan Alemann, que como ministro de Hacienda había criticado los excesivos gastos del ‘Ente Autárquico’ del ex almirante Lacoste.
Así se saldaban las internas en esos años de plomo.

“Yo no sabía lo que pasaba, si sabía no jugaba”, dijo, con los años. En 2008, a 30 años de esa final, estuvo en River, con Luque y Villa, en un partido homenaje a los desaparecidos llamado ‘La otra final’, junto a las Madres de Plaza de Mayo y organismos de Derechos Humanos.

Nunca pensó en ser técnico. Decía que su inteligencia no le daba para enseñar, ni siquiera para explicar cómo y por qué jugaba.

Sobrevivía con la pensión que la AFA le concedió por ser campeón del mundo. Nunca se preocupó por el dinero. Lo que tuvo, lo gastó.

Houseman murió menos pobre de lo que afirman los ensimismados con el modelo sensiblero del idiota manso que mira los pajaritos y sueña, siempre a contramano de la realidad.

Houseman fue instinto puro, no un idiota. Al contrario. Fue un rebelde, un inadaptado, en el mejor de los sentidos. Hizo lo que quiso y lo que pudo, bien o mal, sin traicionarse.

Le alcanzó para ser amado. Nada menos. Murió más rico que muchos, tan llenos de cosas que se pueden comprar, o vender.

 

Hugo Asch
Periodista desde 1974. Fue redactor de la revista Siete Días, prosecretario y subdirector de Gente, Secretario de Redacción de Clarín, editor general de Perfil y director de Playboy Agentina, entre otros medios de Argentina y España. Fue enviado especial en conflictos bélicos en Afganistán, Nicaragua, El Salvador y El Ulster, entre otros países.

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